"La guerra esperada", de Gustavo Duch.
Las primeras que vimos con las bombas, las llevaban cargadas en la mochila. Las sacaron con mucho cuidado y me las enseñaron.
Son pequeñas, caben en la palma de la mano.
Estábamos justo detrás de las vallas de un solar vacío y sin edificar, en un barrio humilde de la ciudad. Calculo que lanzaron como unas veinte o treinta bombas, mientras reían y se hacían fotos entre ellas y ellos, después de cada impacto acertado.
Además, en ese momento, más hombres y mujeres salían de sus casas con bombas parecidas en bolsas de plástico. Su misión, según las






